La capitalización del mundo como transfiguración de la belleza

 “La fealdad no es fea,

ahuyenta al que roe,

no profana los retazos mientras somos carne fresca,

el aroma a lo vivo no se desintegra. “

Aranzazú de Santiago

En cada imagen hay una narración que nos revela la esteticidad mutable del mundo, ésta se compone de la multiplicidad de percepciones de un periodo histórico determinado, por ejemplo el siglo XXI. Además, integra una tendencia cultural, política, económica y social que rige no solo las  producciones artísticas, sino también las maneras de hacer en el mundo: de plasmar nuestros deseos, valores  y aspiraciones en lo que hacemos, trabajamos y pensamos. Estas instituciones que nos permiten “ser parte” del sistema moderno, que impera ahora y que no elegimos,  se caracterizan por  clamar belleza a costa de crueldad, poder a costa de violencia y  acumulación a costa de despojo. Según Lipovetsky, filósofo y sociólogo francés, “la belleza, el gusto y la sensibilidad se imponen cada día como imperativos estratégicos de marcas: el capitalismo de consumo es un modo de producción estética”, el cual, me permito inferir, moldea los regímenes de representatividad del mundo, y es entonces que, si la belleza hace de espejo del mundo no sé si es belleza.

En este sentido, la belleza, más allá de ser una categoría estética cargada de moralidad, perfección, reminiscencia de lo eterno y verdadero, o lo que sea, actualmente resulta estar pensada, aún a pesar de lxs que resisten, en términos del capital, de lo mercantil y  lo eurocéntrico, es decir, lo que hemos interiorizado como bello es todo aquello que cabe en una enaltecida y cuestionable palabra, “desarrollo”.

Fotografías: Eriol Fenme Uz (@_.xxunocenturyboy)

Y es así como la belleza junto con el desarrollo han justificado actos de crueldad contra el cuerpo que no es masculino, delgado o blanco, contra las sociedades que no son modernas ni civilizadas, contra los grupos étnicos que no se dejan someter a las políticas de Estado, contra el territorio que simboliza propiedad y poder y que no es verde, contra el suelo que es explotado hasta la inhabitabilidad, contra las especies animales que consumimos y son invadidas por la gentrificación, contra el agua que se ensucia con venenos industriales, y la lista sigue… En resumen mi planteamiento reside en pensar que hay una relación simbólica entre la esteta contemporánea, el ideal de belleza y el capitalismo que instrumenta a ambas.

Fotografías: Eriol Fenme Uz (@_.xxunocenturyboy)

Las instituciones parecen estar pensadas en términos del capitalismo neoliberal y de la modernidad progresista que pisotea a toda aquella otredad que no permite el “desarrollo” y el “progreso”, en otras palabras, la manifestación de una belleza urbana, tecnológica y hegemonizada de occidente es la tendencia estética que el sistema económico mundial designa. Esta estetización está cargada de coches, de humo industrial, de olores putrefactos, perros maltratados y montañas de basura, también de suelos erosionados, de frutas transgénicas de supermercado, de aires acondicionados que hacen de placebo al calentamiento global,  de histeria, de desigualdad, de sonidos insoportables, de despojo, de hambre y de una ingenuidad que no nos permite ver la realidad, ver como la tendencia poderosa de acumulación de capitales está lapidando la vida.

Fotografías: Eriol Fenme Uz (@_.xxunocenturyboy)

L. Wittgenstein aconsejaba “ver los hechos” tal cual son, ejercicio complicado en medio de un bombardeo mediático de aprobación del capital; por medio de redes sociales, de la marginación de la ruralidad y sobre todo por una racionalidad económica que limita cualquier posibilidad de solidaridad y justicia. Sin embargo, aun desmoronándose la vitalidad del mundo deseo y creo firmemente que nuestra conciencia como especie y como espíritu evolucionará   a partir de que se modifique la trayectoria del mundo hacia la ruralización de ciudades, la deconstrucción de nuestras aspiraciones colonizadas y blanqueadas, del abandono de la teatralidad que perseguimos por guardar una estética capitalizada, y de no dejarnos seducir por la riqueza.

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