El aburrimiento no se gasta en un centro comercial

Se ha dicho que la osadía no es una cualidad que las mujeres posean, yo soy más bien un animal femenino como mi amiga Leonora, pero heme aquí, osando de la insensatez que todos poseemos; la certeza de no tener algo qué decir, al tiempo en que encarno la contradicción de tomar la pluma, o mejor dicho, el teclado, porque no puedo fingir el romance que se vivía, al menos en nuestro imaginario,  hace tres siglos, antes de que las máquinas funcionaran a vapor y aceleran nuestras válvulas cardiacas, tiempo en que se tenía espacio para sentarse, pensar y escribir, por mucho tiempo…

Pero, ¿Qué es el tiempo?

Fotografía: Sara Faya

En nuestra episteme se ciñe un mandato, una obligación y un tic tac que nos lastima los oídos hasta dejarnos sordxs; se trata de la estructuración del movimiento, de la cuantificación de la existencia, de la violencia  sistemática que se ejerce sobre nuestros cuerpos y almas cansadas, ¿Ante esta asfixia, qué cause toma la creatividad?, ¿Cómo evitar el raquitismo espiritual?

Por ahí dicen que solo por medio de la contemplación se es capaz de percibir la propia vida, sin embargo la libertad parece ser entendida sólo desde la racionalidad económica que se traduce en una condena de autoexplotación que se acepta por medio de la interiorización de una temporalidad que no existe, al menos de manera homogénea para todxs; entonces nos hemos convertido en el verdugo y la víctima, y he aquí el problema, la interrogante angular: ¿Cómo se escapa de sí mismx?, de los mandatos, de los silencios y los estragos de estar sobre la tierra y sentir en las plantas de los pies un suelo endeble, erosionado, pero que nos exige florecer a expensas de nosotrxs mismxs; rendir, proveer, trabajar y alegrar, paradójicamente, al otrx que no existe, al que negamos con nuestra autodivinización.

De la promesa liberalista solo queda la nostalgia de lo inalcanzable, somos verdugos de nuestro tiempo y reclamamos una libertad ilusoria, tan efervescente que se condensa en un acto de consumo desmesurado. La distancia de la libertad es la lejanía, no hay tiempo para el cuidado de sí mismx, para la creación del propio culto, aun cuando Nietzche declaró que “tras la muerte de dios, la salud se eleva a diosa”

La invitación aquí, sin ser violenta ni autoritaria, es construir una sociedad sin tiempo, y no le cause risa, que no hablo de desafiar las leyes naturales de los hombres y los relojes, sino de ceder a nuestro aburrimiento, dar rienda suelta a la contemplación, al pensamiento sin sentido, al dolor y la queja, porque no basta con una meditación, una clase de yoga o un rosario, cultivemos la reflexión profunda, la disruptiva de la individualidad, aquella que es personal, pero también intersubjetiva, capaz de mirar al otrx, capaz de imaginar la vida comunitaria, porque el cansancio a solas es más  violento y peligroso y el exceso de positividad: la negación de la fatalidad de sí mismx, conducen al fin, así que habrá que aceptar el peso del alma y del cuerpo, reconocer nuestros límites, acariciar los bordes de nuestro agotamiento y volvernos en un acto de humildad frente a la arrogancia de ser productivo.

Quejarme y pensar, escribir esto en sí mismo es materializar mi aburrimiento, el cansancio que acepto y manifiesto aquí.

Quedo a la espera de que tú también te burras.

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