YO ES OTRO

Escito por: Ringo Yáñez

I. A Rimbaud lo recordamos siempre. Me gustaría pensar que, además de ser nuestra brújula y una suerte de Dios materializado en un muchacho hermoso, es también nuestra juventud toda; en él está ese anhelo de ir más allá, de no quedarse de brazos cruzados y lanzarse al mar durante una tarde de verano buscando la eternidad. Pero hay algo que quizá recordamos de Rimbaud con más naturalidad que lo anterior y es precisamente su afirmación de que Yo es otro.

En los últimos tiempos he recordado esta frase con un énfasis monstruoso. Ante la crisis de los quehaceres inagotables que hay a lo largo del día, tanto los obligados como los que corren por cuenta propia, parece que me encuentro con las horas como quien choca contra un muro y, en ese momento, siento que el día no alcanza para hacerlo todo; encontrar un balance entre las obligaciones y lo que hacemos por placer se presta imposible, a menos que uno sacrifique las horas de sueño.

Ilustración: L. R.

II. Desde que comenzó el semestre he llevado una vida nocturna como solamente a principios de mi adolescencia la llevaba. En la preparatoria me dormía religiosamente a las once de la noche. Ahora las cosas han cambiado de manera radical. Durante el día hago todo lo que tiene que ver con la universidad. En las horas de la comida procuro ver series, entrevistas o cosas de esta índole. Por la noche, en medio del silencio y la luz de mi habitación, me ocupo de las tareas que no alcancé a terminar en el día, escribo en la computadora (en otras ocasiones a mano), o simplemente me pongo a leer para que mi corazón se contente y pueda seguir adelante.

No pocas veces he visto con horror que el tiempo me aplasta; tras un par de horas de lectura, quizá después de haber estado escribiendo o escuchando música, veo cuánto falta para que suene la alarma que me pondrá en el camino nuevamente y me da un escalofrío tremebundo. Estarme moviendo entre el día y la noche me ha llevado a pensar en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Siguiendo esta lógica del doble, he tratado de resolver por mucho tiempo quién es Ricardo y quién Ringo (el seudónimo que ha desplazado a mi nombre desde hace varios años).

Me parece que Ricardo es quien da la cara ante las cosas que menos me gustan, es decir, las exigencias y obligaciones del mundo. Es Ricardo una suerte de chivo expiatorio que se sacrifica para que el mundo exterior no se coma el mundo interior. Ringo, por el otro lado, es quien se mira en el espejo negro de los sueños. En Ringo está, o eso quiero pensar, el ser que vive la pasión con ímpetu, aullando a la luz de la luna. Esto no quiere decir que no incluya a Ricardo dentro de mi corazón; a Ricardo lo amo y le debo tanto por las hazañas que hace día con día. Sin él no habría nada.

III. Recuerdo que, a propósito de lo anterior, Ernesto Sábato en Antes del fin, habla en cierto momento sobre Goya; ese Goya que durante el día retrataba mujeres de la corte y, por la noche, levantaba imperios repletos de monstruos y brujas en absoluta oscuridad. En el mismo libro, en el primer apartado, Sábato haba de la época en que vivía en París y su vida oscilaba entre dos polos tensados: el de la ciencia, que se sucedía por las mañanas en el Laboratorio Curie, y el surrealista, que tenía lugar en los bares al caer la noche. Esa doble vida lo llevó hacia el acantilado desde el cual pudo ver con claridad el camino que debía seguir y que, gracias a Dios, Sábato siguió como si la noche y las personas que la habitaran le hubieran señalado su destino.

Uno creería que en la luz las señales son claras. Tanto es así que siempre andamos buscando esas señales; queremos verlas con los ojos abiertos, contemplar cómo es que llegan y se manifiestan ante nosotros. Pero la verdad es que nada de eso es posible. Puede que sólo en ocasiones privilegiadas, sumergidos en el reino de la oscuridad donde presuntamente nada puede ser visto, es cuando vislumbramos, o al menos intuimos, esa chispa de lo que verdaderamente somos. Sólo entonces repetimos entre murmullos lo que Rimbaud sentenció para la posteridad antes de volverse el poeta que fue.

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