VEMOND O LA FUGA DEL INSTANTE

Por: Ringo Yáñez

1.
Hace poco vi una cápsula en donde se hablaba de una palabra sueca. En apariencia (y por apariencia me refiero al español) la palabra vemond no nos dice nada, pero el significado en sueco, por el contrario, es hermoso. Vemond es el sentimiento de melancolía mezclado con cierto grado de alegría que surge cuando acabamos de vivir algo significativo y nos damos cuenta en el acto de que ese evento nunca más volverá a tener lugar. Ese instante, como muchos otros instantes hermosos y singulares de nuestra existencia, está destinado a perderse en esa suma de días que pasan y que al cabo de los años llamamos vida.

El sentido de esta palabra está en la misma línea poética de José Emilio Pacheco. Y es tanto así que podríamos encontrar en su poesía muchos ejemplos al respecto. No obstante, resulta pertinente detenernos en Las batallas en el desierto, donde el significado aparece descrito con una sencillez perfecta, cuando Carlos está por regresar a su casa tras el primer encuentro que tiene con Mariana y se detiene un momento a contemplar el instante que se fuga mordazmente: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria. Voy a conservarlo entero porque hoy me enamoré de Mariana”.

Seguramente en más de una ocasión hemos experimentado ese sentimiento descrito por Pacheco sin saber cómo llamarlo. Cada que sucedía algo bello, aun con lo brillante que era la experiencia, al final nos llegaba la tristeza, acompañada de esa sensación de que al día siguiente aquello que tanto nos había alegrado sería, después de todo, un recuerdo más.

Fotografías de: Eriol Fenme Uz

2.
Pienso en el final de las vacaciones. Precisamente en el final de los veranos. Año con año, cada que el verano se va de nuestras manos, me llega la sospecha de que ése ha sido el mejor de todos. Aunque honestamente no sé cuál ha sido el mejor de mis veranos. Si alguien me lo preguntara, haría trampa y diría que el que se avecina, o bien el que está en curso, pero lo cierto es que no lo sé. Si me detuviera a pensar en los momentos en que el verano estaba por acabarse, siempre me veo lleno de alegría y a la vez muy triste pues, aunque viví algo glorioso, esa gloria fue polvo, como los imperios romanos; se erigieron únicamente para desplomarse. Me doy cuenta de que cuanto ha sucedido no tiene oportunidad de ser nunca más. El imperio se destruye ante mis ojos y no se puede hacer nada al respecto.

Recuerdo muchos veranos, pero nunca podré olvidar el final de aquel verano en que, visitando a mi primo en Irapuato, pasé varias semanas divirtiéndome con sus amigas, pues en aquel momento la privada en la que vive sólo había dos niñas de nuestra edad y eran las niñas con las que jugábamos. Yo acabé enamorado perdidamente de una de esas dos niñas. Tendríamos trece años acaso, si no es que un poco menos. Yo siempre he sido bastante enamoradizo y era entendible que acabara flechado. Todas las vacaciones anduvimos juntos, haciendo cosas que los niños hacen cuando viven en privadas; nadar en la alberca de la casa club, jugar billar sin tener ningún conocimiento del billar o andar en bicicleta de aquí para allá.

Cuando finalmente el verano terminó y tuve que regresar a mi casa, inventé un recuerdo más bien cinematográfico para no olvidarlo jamás: los cuatro andando en bicicleta por las calles de la privada en un atardecer, la niña que me gustaba junto a mí y mi primo junto a su amiga; todos felices y la niña y yo enamorados. De vuelta en mi ciudad, sintiendo ya la ausencia de aquella niña en mi vida, pensé en un plan que tenía como objetivo mudarme a Irapuato para estudiar la preparatoria cuando llegara el momento. De esta manera podríamos volvernos novios pero al final nada pasó entre nosotros, ni siquiera cuando ella se enamoró de mí y me invitó a su fiesta de quince años tiempo después.

Fotografías de: Eriol Fenme Uz

3.
Nada nunca volverá a ser igual, nada nunca podrá repetirse, nos lo dice la palabra vemond. Hay algo de milagro y maldición en ello. Pienso que tal vez sea mejor que el hoy nunca vuelva a repetirse. Sería bueno aprender a vivir mientras la vida se nos va de las manos porque no existe otra manera de hacerlo. Charly García dijo en una de sus canciones que lo que fue hermoso será horrible después y seríamos bastante necios si no le creyéramos. Más nos vale refugiar los buenos y bellos momentos en esa distancia que llamamos ayer, de otro modo dejarían de ser bellos, pues dejarían de ser únicos, se volverían lo cotidiano. Hay algo de Orfeo en todos nosotros y tenemos que aceptarlo. Estamos destinados a ver a muchas Eurídices desaparecer, pero podemos conservar todo eso en nuestra memoria y ese lugar, con todas sus ficciones y mentiras, es lo que más nos pertenece en el mundo.

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