CULTURA

LA VANIDAD EN EL ESPEJO

Autor: Ringo Yáñez

Curioso, y no estaría demás decir profundo, es el Micromegas de Voltaire. Si pensamos en el contexto del autor resulta más o menos extraño un relato de esta índole para un remoto siglo XVIII. La verdad que cuesta imaginarnos a Voltaire, el mismo autor del Diccionario filosófico, contándonos una historia que hoy nos apresuraríamos a clasificar dentro de la ciencia ficción o bien de la literatura fantástica.

Ilustración de: L. R.

Si hay algo que sabemos es que lo micro hace alusión a lo pequeño mientras que mega a lo inmenso. Esto no tienen mayor ciencia. Micromegas es el nombre de nuestro protagonista pero, micromegas (así sin mayúscula) también es la condición de todo ser vivo, y esto tiene relevancia a lo largo de la historia de Voltaire.

Tras las descripciones de los seres que se aventuran a visitar la Tierra es fácil quedar asombrados porque a todas luces nos sobrepasan (y además por mucho) en todos los aspectos posibles; ellos tienen más sentidos, viven más años y tienen muchos más conocimientos que los nuestros. En otras palabras, son la imagen del ser humano potenciada al máximo o, por lo menos, potenciada hasta ese punto en donde es capaz de llegar nuestra imaginación.

En un primer instante caemos en el engaño de lo que para nosotros son las virtudes de aquellos seres extraños; virtudes que por supuesto no tenemos y por eso las envidiamos. Sin embargo, entre más vamos conociéndolos, leyendo las conversaciones que mantienen entre ellos, somos capaces de ver las similitudes que comparten con la especie humana, a la que todavía no conocen. Así como se dice que únicamente hay cinco temas en toda la literatura (lo dice Bolaño citando a Borges), así lo podemos pensar también de las inquietudes y las cuestiones existenciales de todas las especies, según lo que se nos sugiere en el relato.

Micromegas y compañía se quejan de su condición. Encuentran terrible cómo es que uno muere tan pronto, pero ellos viven miles de años, y en esos miles de años sienten que sólo cuando la muerte está rondándolos en la vejez, apenas van comprendiendo la vida. Les inquieta lo poco que saben, creen que sus conocimientos son mínimos y no alcanzan para nada, no obstante ellos saben más que otras especies. No pueden dejar de sentirse acomplejados por su estatura, pues siempre ha seres más altos y anchos que ellos, pero las nubes rozan sus caderas. Se podría decir que, no sabiendo mirarse a ellos mismos, es fácil que echen en falta las cosas de las que carecen y que, con desencanto, se sobreponen a las ventajas que tienen por encima de otras especies.  

Para facilitar las cosas, podríamos imaginar que el relato es una exposición de muñecas rusas y, en este sentido, cada una de las especies es una muñeca; las hay pequeñísimas como las hay gigantescas. Y en el fondo, a pesar de las diferencias más evidentes como el tamaño, el color o el diseño, es imposible ignorar que las muñecas, variopintas como ellas solas, son del mismo material. Cada una de ellas tiene las mismas posibilidades de romperse, de maltratarse e incluso de perderse para siempre en la vastedad de una casa.

¿Cómo es que unos seres como ustedes pueden tener alma? se pregunta el personaje del enano que llega con Micromegas y que de enano no tiene nada junto a los humanos. Sin más remedio nos detenemos a pensar en nuestra vanidad: construimos edificaciones que rozan el cielo para sentirnos cerca de Dios y nos vanagloriamos de ser la única especie que tiene un Shakespeare, una Mary Shelley, un Cervantes, aunque en realidad somos igual de sensibles que las cucarachas, a quienes vemos desde arriba y aplastamos asumiendo que no tienen alma ni sueños y que, además, entre ellas no hay una sola que haya escrito El Quijote o Frankenstein.

Tal vez, y esto no lo sabemos, existió una cucaracha introvertida llamada Franz que escribió un relato en donde su protagonista despertaba un día convertida en humano y se llamaba Gregorio y no podía ir al trabajo por su nueva condición; una muy horrenda, por cierto. O puede que entre las mismas existió una de nombre Jorge (Georgie para los amigos) que escribió cuentos fantásticos y que tuvo en gran aprecio a otra llamada Bioy y que en uno de sus cuentos habló de una cucaracha que era todas las cucarachas porque tenía la maldición de ser inmortal y, de esta manera, podía ser todas las cucarachas habidas y por haber en la historia. De César, la cucaracha que en un poema habló sobre los golpes de la vida… ni hablar.

Todo esto y más nos lo hace pensar Voltaire con el relato que nos presenta. Una historia que a su vez es un espejo; uno en donde nos contemplamos como lo que verdaderamente somos: unos tiernos e inocentes micromegas.

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