La voz y palabra como trinchera en la lucha feminista

Dentro de los movimientos sociales, como guerrillas y revoluciones, se encuentran siempre los militantes escondidos tras “nombres de guerra”. La censura y prohibición de la palabra lleva a buscar un título que enmascare el nombre verdadero, porque de ser descubierto corre peligro la integridad del individuo. Durante un periodo muy grande de la historia, las mujeres tuvieron que esconder su identidad tras los nombres masculinos para que sus letras pudieran encontrar un posicionamiento en la sociedad; basta con citar la frase tan conocida de Virginia Woolf, “Durante mucho tiempo, el anónimo fue una mujer”, o recordar a Aurore Dupien, una escritora que firmaba con el conocido nombre de George Sand. Estos pues, los considero nombres de guerra, ya que la escritura, publicación, y ver su obra leída por el mundo, fue una lucha constante contra la impotencia e injusticia que trae el hecho de ser escritora en un mundo que sólo contemplaba escritores.

Ilustración: Silvia Tovar

Algunas autoras desafiaron los convencionalismos y lograron ingeniárselas para poder publicar sus escritos en un mundo en el que carecían de derechos. Ocultarse bajo un seudónimo masculino, firmar la obra como anónima y escribir a escondidas son algunas herramientas que emplearon un gran número de escritoras para hacer llegar sus voces al público, y evitar que fueran considerados textos menores por el simple hecho de estar escritos por una mujer

Rosalía de Castro en Carta a Eduarda (1866)

No sólo estamos hablando de mujeres escribiendo, porque esta acción, por el mismo contexto donde la misoginia impera en cada momento histórico, (sí, desgraciadamente aún no nos deshacemos de esta) la palabra de una mujer se vuelve un territorio político.

Por ejemplo, es casi indispensable retratar la vida personal para justificar la escritura femenina de la colonia, hay muchas razones, una de ellas es la poca oportunidad que tenían para ejercer este tipo de actividades, esto provoca que existan escritoras pero no de la talla de “los grandes titanes de la literatura”. Otra, la poca historiografía que se les dedicaba, esta sólo ha podido rescatar unos cuantos nombres dentro del basto canon masculino. Y la gran mayoría apenas fueron conocidas y estudiadas por historiadoras modernas, como Josefina Muriel, quien salvó del olvido a la cultura femenina del novohispano.

Por mucho tiempo, (y desgraciadamente algunas veces en la actualidad) las mujeres no tenían el privilegio de escribir como los hombres, mucho menos pensar en publicar. Absortas en el trabajo doméstico, la crianza de los hijos y los deberes del esposo no había tiempo para sentarse y como los bohemios tomar una botella de vino e “invocar a las musas”. Me gusta imaginar, de manera romántica, que escribían sus sueños en los filos de las servilletas (las que sabían escribir), o en lugares ocultos de las paredes. Dentro de ese mundo donde los hombres gobernaban la vida de las mujeres, cualquier pensamiento que busque libertad o anhele una vida distinta mientras lava los platos, es feminista, o sea, es político. Desde esta perspectiva, ya podemos dilucidar la importancia de los diarios y epistolarios de las mujeres, donde la palabra se vuelve emancipación y un territorio en el cual explorar su independencia. Dentro de estos anhelos ya se gestaba la semilla de una revolución, semilla que costó una basta cantidad de violencia de género que se escondía en los telones de “la costumbre” o “tradición”.

El silencio, fue una característica “benévola” que los hombres nos adjudicaron. Cuando escucho conversaciones donde hablan de una mujer, me estremezco al escuchar “Es una buena muchacha, muy callada, no alza la voz”. Estoy segura de que hemos escuchado un comentario similar alguna vez. Primero que nada, este prejuicio del silencio es muy peligroso como para sólo excusarlo con una actitud asocial que es común en varias personas; porque el silencio significó opresión por mucho tiempo. En muchos casos aún sigue siendo un método de dominación hacia la mujer. Rosa Beltrán, escritora e investigadora mexicana, habla de esta falta de voz en su conferencia mujer, identidad y literatura:

“Mucho tiempo, para mi ser mujer fue un modo de no hablar, de no intervenir en las conversaciones de los hombres”

Podemos también hablar de la voz y la palabra cuando cobra materialidad, como el voto femenino, que tuvo que ser guerreado por las sufragistas en una lucha que da sus frutos aún en nuestro tiempo. El ejercicio político, el salario digno, el derecho a decidir la maternidad, son privilegios que las mujeres han tenido que arrebatar de la empuñadura social que quiso mantenernos en un silencio perpetuo. Estos son conceptos grandes, la realidad es que la lucha empieza en los pequeños actos cotidianos; como las conversaciones entre amigos donde el hombre siente la necesidad de explicar lo que ha dicho una mujer, como si ella no pudiera darse a entender por sí misma. Cuando la ropa del día a día define el trato que tendrás con la gente. Cuando la cocina y la limpieza deben ser atributos casi inherentes al ser mujer. Son diversas las maneras en que el patriarcado decidió moldear la imagen femenina, plantando la cruel idea, que Simone de Beauvoir expondría: «no se nace mujer, se llega a serlo» denunciando como la sociedad moldea los roles que se supone, debemos jugar en el día a día.

Cuando somos conscientes, que dentro de lo cotidiano y la costumbre se empieza la lucha, estamos estableciéndonos ya en territorio donde la palabra se convierte en arma de guerra. El silencio ahora es la posibilidad de que una voz reivindique su ciudadanía. Las escritoras son un ejemplo de esto, aún entre ficciones se llega a la verdad simbólica, y esto hablando de autoras de novelas; realmente hay un basto número de teóricas, militantes, historiadoras, periodistas, poetas, que se suman a la lista. Me parece importante remarcar, que esta emancipación por medio de la palabra no le pertenece sólo a “las autoras”, por referirme a mujeres estudiadas, o literatas. El diario, por ejemplo, es un lugar auspicioso para comenzar a analizar en que lugar posicionarnos en el mundo, ya que en la introspección comparamos nuestra cotidianidad y privilegios con los de los otros.

 Permítanme generalizar un poco; como mujeres escritoras, no buscamos sólo la creación, también, y casi de manera natural, buscamos restablecer un derecho que fue arrebatado de muchas a lo largo de la historia; también, la destrucción de la imagen femenina creada por los escritores, generando estereotipos engañosos en la realidad, rechazando por mucho tiempo a las protagonistas creadas por mujeres que se salían del canon; y sobre todo la voz, en este territorio de lucha constante, la voz y su impacto en la lucha social es una búsqueda necesaria. Un ejemplo, es la famosa página de facebook «Poesía de morras», que reúne aportaciones de mujeres de todo el mundo, hay una gama hermosa de versos en cada publicación, una variada cosmovisión de diversas partes, tiempos, edades, y condiciones; una página necesaria para ir destrozando las voces masculinas que nos han nombrado erróneamente, y compartir entre todas el privilegio de la voz y de autonombrarnos como artistas, no musas.

 Los tiempos que corren son de carácter radical, la emancipación femenina puede darse de distintas maneras, en distintas situaciones. Una con la que podemos empezar, y de hecho, ya lo hemos hecho, es la palabra, la voz, esa que fue brutalmente silenciada mucho tiempo. En esta tierra, hay que plantar la palabra como una lanza en territorio de guerra, como una semilla en las cenizas de las muertas, como agua en un árido desierto de silencios. Así que volviendo a citar a Virginia Woolf “Escribid, mujeres, escribid, que durante siglos se nos fue negado”, pero a diferencia de la habitación propia tan anhelada, hagamos caso a Gloria Anzaldúa en su carta a escritoras tercermundistas:

Olvídate del “cuarto propio”−escribe en la cocina, enciérrate en el baño−. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. […] Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posea. Cuando no puedas hacer nada más que escribir.

Gloria Anzaldúa

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