ENSAYOS

APUNTES EN DEFENSA DE LO DIVERTIDO

APORTACIÓN: Ringo Yáñez

Ilustración: Lorena Segundo

1.

De un tiempo a esta parte, el adjetivo divertido como característica principal al momento de valorar una lectura se me antoja cada vez más seductor. Incluso, me atrevería a decir que la cuestión resulta mucho más atractiva tratándose de obras reconocidas, celebradas hasta el cansancio; esa clase de textos que se denominan rápidamente imprescindibles, haciéndolos el centro de atención por sus virtudes. Sin embargo, en estas declaraciones infatigables, elogiosas y en ocasiones pretenciosas, casi nunca se dice que tal o cual libro es divertido, a menos que se tenga una idea pobre del texto; como si la diversión no fuera un aspecto decoroso del texto literario y, además, fundamental. Cosa que podría aterrarnos en verdad, ya que esta palabra no sólo tiene que ver con la risa, como pensaríamos a bote pronto. Divertido puede ser un humor que se mueve con agilidad e inteligencia, una sensación que nos hace experimentar un placer elevado de la manera más sutil posible y, después de todo, una alegría sin precedentes, totalmente genuina.

2.

Sería inconcebible que alguien, después de leer la Odisea, dijera que es un libro divertido. Cualquiera le diría a esta persona que leyó mal a Homero. No obstante, uno de los momentos más brillantes del viaje de Ulises lo encontramos cuando nuestro héroe, atrapado en la cueva del cíclope Polifemo, se hace llamar Nadie. Tras hacer su plan de escape, arremete con un tronco afilado el único ojo de su enemigo. Es una escena épica, sumamente impresionante, que termina de coronarse cuando uno de los cíclopes vecinos, escuchando los alaridos de Polifemo, se acerca a la cueva y le pregunta la razón de su llanto. Luego de escuchar su desgracia, le pregunta que quién es el responsable de aquello, a lo que Polifemo contesta que Nadie. Para este punto estamos asombrado del ingenio de Ulises y, cómo no, muertos de la risa; una risa exquisita, de dimensiones cósmicas, capaz de romper el velo de nuestra soledad de un solo golpe.

3.

En ocasiones parece que la lectura es una actividad que exige la contracción absoluta del rostro, la parálisis de un ceño fruncido en pos de la seriedad. Sin embargo, he de confesar (y a toda honra, por cierto) que lo que más me ha impresionado de mi primera lectura del Quijote, aun siendo un texto obligado para una de las materias de mi carrera, es el grado de diversión que hay en la pluma de Cervantes. Temía que este libro, tal como me lo pintaban los maestros desde hace muchos años, estuviera repleto de una seriedad tremebunda. Con todo, no sabía qué esperar del libro llegado el momento; yo deseaba que no fuera todo cuanto me habían contado, no sólo porque deseaba disfrutar la lectura, sino porque debía leerlo a fin de no reprobar la materia de siglos de oro. Afortunadamente, lo primero que me pregunté al cabo de unas horas de lectura fue: ¿Por qué nadie me había dicho lo fascinante que es esto? Lo que es cierto ya que nadie, absolutamente nadie, me sugirió que leyera esta novela por su estilo atrevido, desenfadado y divertidísimo. Todo el mundo señalaba otros aspectos, como si expresarse de esta manera, destacando la diversión, resultara de una irreverencia bestial. Habiendo leído el primer libro, estoy totalmente convencido que sin el placer que supone la lectura gracias al espíritu profundamente divertido de su autor, el libro no me hubiera entusiasmado tanto como lo ha hecho hasta ahora y yo ya habría reprobado la materia.

4.

Mis primeras risas en la literatura fueron con José Agustín. Recuerdo que empecé con La tumba, sin saber que acabaría leyéndomelo todo. Puedo decir que la diversión fue el factor clave para aventurarme en su obra. Cuando estaba en el bachillerato, a un semestre de terminar la preparatoria, uno de mis compañeros le llevó a otro una edición muy maltratada de La tumba. Seguramente le dijo algo así como tienes que leerlo porque te va a gustar un montón. A mí, que me encontraba sentado frente a ellos, me pudo haber dado igual, pero en cierto punto escuché cómo mi compañero narraba una escena en donde uno de los personajes le dice a otro que es un existencialista-guadalupano. En ese momento me convencí de que debía leer ese libro. Mi convicción tuvo lugar sólo por el encanto que me produjo escuchar aquella expresión. Por este acontecimiento, acabé llegando a la novela que marcó un antes y un después en mi vida, como se suele decir, con todo el cliché del mundo: Se está haciendo tarde (final en laguna). Aun cuando el libro es un malviaje total, una introspección hacia la oscuridad de nuestro ser, no podemos dejar de decir que es una novela divertidísima, porque el goce y la impresión que siente uno en el universo de sus páginas no sería ni de cerca lo mismo sin la experiencia del desmadre, tan divertido y exquisito como en el mundo real.

5.

Podríamos decir que con Roberto Bolaño ocurre lo mismo. Buena parte de su literatura, incluso la que más se acerca al núcleo del mal, como podría ser el caso de 2666, siempre se encuentra rodeada de una diversión tan simplona como desdichada. Lo que se dicen sus personajes entre ellos o las situaciones en las que se involucran, a pesar de lo peligrosas que parecen, tienen esa ironía que nos hace sonreír, y en ocasiones mucho más privilegiadas, reír. El genio de Bolaño, la delicia de su literatura, tiene una de sus raíces en el humor, pues de esta forma logra seducirnos, cultivando en nuestro espíritu un placer innegable que nos permite buscarnos en el mundo más próximo y cotidiano, sólo para experimentar la belleza de la existencia; pues aun cuando las desgracias y el dolor se sobrepongan en nuestro ánimo como la luna al sol en un eclipse, siempre podremos reírnos de nosotros mismos y del doble filo que es la vida a un mismo tiempo.

6.

Para terminar, no sería descabellado asegurar que la diversión, con todos los elementos que ya hemos enunciado, es una escuela de escritores. Al menos en mi caso, los autores mencionados no sólo me han hecho pasar buenos ratos de lectura, sino que me han catapultado con gran entusiasmo hacia la escritura, dándome la pauta necesaria para escribir endemoniadamente. Vale la pena creer que la diversión es la mecha de nuestro entusiasmo como seres humanos, y ya no sólo al interior de la literatura. Vamos por la vida divirtiéndonos, buscando sacarle provecho a cualquier situación para sentir que tenemos el pulso a galope. Sin esa frescura que nos propone el desenfado estaríamos cansados, atravesados por un hastío interminable, esperando a que algo suceda y logre sacudirnos de alegría, llenándonos la sangre de pura vitalidad.

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