ENSAYOS

Reflexión sobre mi depresión en la pandemia

Hoy es viernes 25 de septiembre de 2020, el año en que el desde mi propio lugar fui testigo de cómo el mundo entero se volcó.

Ilustración: Daniel Méndez

Entre las millones de personas afectadas por esta pandemia yo fui uno de las pocos afortunados que ahora está mejor que cuando todo esto comenzó, pero eso no significa que mi metamorfosis no haya sido dolorosa, fue terrible, pero ahora entiendo que fue justo como tuvo que suceder.

Recuerdo un día, allá por abril, estaba en casa de mi madre; mi madre vive en una muy bella casa de madera y bóveda de ladrillo en Valenciana desde la que se puede ver toda la ciudad de Guanajuato. Me paré en el balcón, justo entre las montañas que Guanajuato nunca pudo conquistar, era de noche pero el viento soplaba como si se acabase de despertar, el frío en las mejillas me suplicaba que volviera a entrar pero yo insistía en mirar el cielo nocturno y cómo no hacerlo si le tenía tanto que reclamar: escupí mis palabras de odio, mis lágrimas de frustración como si fueran a chocar contra al mismísimo dios, pero delante de mí solo estaba la infinita bóveda celeste. Ese día a mis palabras se las llevó el viento, pero a mis lágrimas amargas las absorbí yo.

No puedo ni enumerar todas las cosas que perdí en tan poco tiempo: tenía muchos amigos y ahora tengo pocos, tenía un amor que se convirtió en dolor, tenía ganas de comerme al mundo y ese día desde el balcón sentí como el mundo me comió a mí, porque no importa que tan fuerte aparentara ser, era y soy profundamente humano.

Las cosas no mejoraron a partir de un día en específico, uno puede tirar un edificio y recordar la fecha, pero construir lleva tiempo, primero comencé con lo básico: comer, comer es vital, porque creo que es más que obvio que si no comes te mueres. Fue ese principio básico lo que desencadenó una serie de costumbres que concluyó con forjar mi diciplina.

Así fue como yo: un bulto de carne y hueso que hubiera cambiado su vida por la de cualquiera empezó a comprender su destino. Como dije, empecé por lo básico, hacerme cargo de mí mismo. Mi día empezaba por hacerme de desayunar, algo lindo como si fuera para un ser querido; después salía a correr, el primer día corrí 3 kilómetros y terminé con las piernas jodidas por toda un semana, pero poco a poco eso fue mejorando; volvía a casa y me metía a bañar con una taza de té, sé que suena extraño pero con el agua caliente se siente genial; me preparaba mis alimentos de la comida con la misma dedición que lo hacía en el desayuno, meditaba 20 minutos al día, mantenía ordenada la casa, leía bastante y mis tiempos libres los usaba para aprender ¿Qué cosa? Lo que fuera, desde historia hasta física, porque si quieres ser un hombre completo debes saber que el conocimiento es realmente lo único que se tiene.

Fueron muchas las veces que me juzgué como una persona despreciable, pero logré recobrar mi honor y por primera vez en años me siento orgullo del significado que he estado construyendo para mi nombre. Soy una persona respetable porque hago el bien y agacho la cabeza con humildad, soy una persona honorable porque he comprendido que mi destino no es más que la trayectoria que traza el curso de toda mi vida pasada, no sé cuál sea mi destino, pero sea lo que sea estoy listo porque desde siempre me he dirigido hacia allá. Ahora entiendo que mis logros no son solo míos sino del gran todo que desde el principió decretó que iba a poner estas palabras en papel, y en ese sentido estoy profundamente agradecido con mi pasado porque me puso aquí.

Ahora respiro frente a la adversidad y miro a la bóveda celeste directo a los ojos y sin miedo, porque a diferencia de antes tengo más ganas de vivir que nunca, sin importar lo que cueste, porque he entendido que si puedo afrontar el presente el futuro no será diferente.

Llámame romántico, pero veo en mi propia manera de sobrevivir una esperanza para la humanidad, que ojalá como yo se encuentre a sí misma en soledad para levantarse lista contra el futuro y con un impulso vital que dejé pendejas hasta a la mismísimas manos del Sr. Pollock.

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