ENSAYOS Social

Un minuto de silencio.

Ilustración por: Antonio Rodríguez

Cuando la muerte toca la puerta la memoria se alarga, cada detalle del suelo, del cielo, cada objeto imperceptible o visible queda grabado. Cuando la muerte toca la puerta, las palabras ya no surgen, las lagrimas temen salir por temor a no saber parar, es ahí cuando el dilema de la existencia de un alma se difumina, si no hay nada, ¿Por qué pesaría tanto el pecho?

 El tema de la muerte es recurrente, no es raro, la muerte es un tema de conversación y debate donde todos podemos entendernos de distintas maneras, dejando de lado las causas y la creencia de una nueva vida después de esta, el resultado es el mismo para todos, un final dedicado a cada uno de nosotros, al que irónicamente no podremos asistir.

Se ha escrito mucho sobre esto, la muerte es uno de los temas elevados de la literatura, la muerte es una de las más temibles angustias, en algunos un seductor y anhelante deseo, siempre con el dolor y la melancolía implícito en su nombre, no es de extrañar que, siempre hay una ambivalencia de distancias en cuanto a su presencia: La sentimos tan lejana y a la vez pisando nuestra sombra.

¿Qué pasa entonces cuando la muerte toca la puerta? El tiempo se vuelve arena, los sonidos parecen estar bajo el agua, y el cuerpo en un trance, caminando por una habitación oscura.

El mundo sigue su rumbo, la vida nos acompaña, pero llegará el día en que nuestros ojos no vean más esta tierra, o de manera más fuerte: las personas que guardamos en lo que llamamos alma, se irán. El día en que murió alguien cercano a mí, tarde varios días (Realmente aún sigo estancada en esos “Varios días”) en asimilarlo; el proceso que llaman luto no es tan mecánico como parece, el dolor no baja por unas escaleras desde lo más alto hasta el suelo,  viaja en oleadas, como un mar al que no se le puede definir de tranquilo o caótico, es un vaivén que se aleja de la arena, para regresar abruptamente a ella en distintos compases. Lo que me parecía más extraño, era imaginar que nunca más volvería a escuchar su voz, el hecho de que abruptamente su palabra haya desaparecido de mi mundo, me provocó dolorosos pensamientos.

Realmente, no pienso llegar a una conclusión acertada, religiosa o mucho menos filosófica de la muerte, me interesa que exista un espacio entre la cotidianidad para pensar en ella, para acurrucar su idea en el pensamiento, recordar al menos un momento aquellas voces que han abandonado el presente.

Así que, si de casualidad abriste este texto, te pido un momento, en honor a todos los que han partido por la brutal mano del hombre, por los suicidas, por los que devoró el tiempo, porque esta tierra no admite excusas, y la trascendencia al fin de cuentas es un viejo cuento, como viejo es el mundo que habrá de perecer algún día. Piensa en los muertos, piensa en tus muertos, piensa en nuestros muertos.

Al menos así, será un poco menos doloroso.

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