APORTACIÓN ENSAYOS

La ridícula idea de no volver a verte

Gabriel Santos*

Ilustración: Daniel Méndez
Ilustración: Daniel Méndez

A Carlos G.

Era febrero del 2019, una fecha  que parece bastante lejana. Recién había regresado a mi hogar después de haber vivido 2 años en Guanajuato Capital. Era bastante temprano por la mañana y estaba listo para bañarme y salir para reunirme con una conocida. De pronto recibo una llamada, bastante inusual pues, como lo pondría James Murphy “That should be the perfect warning that something’s a problem”. Contesté y para mi sorpresa, recibí una noticia bastante terrible.

Uno de los amigos que me acompañaron durante toda la preparatoria había muerto, se había suicidado. Aun hoy en día desconocemos la causa y el proceder. Pero las consecuencias se fueron presentando de manera sutil en distintas formas sobre  todos los aspectos sociales de la vida de los que eran cercanos a él. Por ejemplo, de manera inútil nuestro grupo de amigos trato de hacer las paces los unos a los otros, como una especie de disculpa por lo negligente que fuimos cuando estaba con nosotros.

Era demasiado tarde, sin embargo, de otra forma no hubiese sucedido.

Brian Eno mintió, ese always returning no es para siempre. El tiempo para los que nos quedamos pasa distinto. Los presagios se presentan como advertencias, y no como anuncios. Llevar el peso de los recuerdos es una carga con la que tenemos que lidiar toda la vida. De manera paralela, pero de una gravedad más leve, existe esa muerte virtual de alguien que conocíamos y que ahora es distinto y ajeno.

Pero ¿Qué sucede después? ¿Qué pasa para los que tenemos que soportar la cotidianidad y, además, en la esquina de nuestro ojo, soportar la idea de no poder volver a convivir con esas personas que se fueron?

Para la psicología el duelo estándar dura 6 meses, y consta de 5 partes por las cuales todos tenemos que pasar. O al menos así sucede en la “normalidad”.

Para Herbert Fingarette, filósofo que pasó toda su vida escribiendo y tratando de racionalizar la idea de que algún día no vamos a estar aquí, la muerte lo tomó desprevenido. O al menos así lo narra él, pues, en un documental hecho en el 2017, cuando él contaba con 97 años de edad, admite que hubiera preferido no haber perdido el tiempo hablando de cosas que al final no podía comprender. Habiéndose sentido al borde de su vida, cualquier lógica aplicada carecía de sentido frente al miedo inherente de desaparecer. Sobre todo porque su compañera de toda la vida lo había dejado atrás unos años antes. Ni el pasado le daba confort ni el futuro seguridad.

Pensar en la muerte es difícil para todos, especialmente difícil para los que la han visto frente a frente. En el caso de la muerte propia, uno se muere y ya, no quedan rastros, el dolor desaparece, todo queda en blanco.  Es cuando uno ve la muerte en el otro, en los otros, el momento en el que se genera un problema mayor, una disonancia, que nos recuerda que somos demasiado humanos, demasiado propensos al dolor, y hay circunstancias en las que no podemos hacer nada. Esas historias se vuelven como cicatrices, recuerdos de nuestra fragilidad, recordatorio de un destino que tendrá que llegar en algún momento y por más que queramos no podremos estar preparados, ni entenderlo.

Lo único que deberíamos procurar es mantener vivos a todos a quienes quisimos en la eternidad que dura nuestra efímera vida. Como victoria Legrand diría:

“A little bit of you I keep it close to me”

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